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El amor como camino: la pareja como oportunidad de crecimiento


La relación de pareja es una de las oportunidades de crecimiento personal más hermosa, auténtica y a la vez dura que podamos encontrarnos a lo largo de la vida.

El encuentro con el otro, el primer contacto visual, el primer intercambio verbal, el primer roce, abren un espacio de crecimiento, aprendizaje, auto-conocimiento. A través de las interacciones con el otro experimentamos, sentimos, aprendemos, conocemos al otro, y nos conocemos a nosotros mismos, siempre y cuando nos abramos a ello.

Si la atracción inicial hacia una pareja se da espontáneamente, y el enamoramiento puede seguirla de forma prevalentemente inconsciente, fluida y placentera, llega un momento en el cual aparecen las primeras señales de alerta, sensaciones desagradables, desencuentros, decepciones, que chocan con el modelo universal de amor romántico, él de las películas, de las novelas, de los cuentos. ¿Qué es lo que está ocurriendo?

Según el psicólogo estadounidense Robert Sternberg, las distintas fases de la relación de pareja se definen y explican a partir de la combinación de tres componentes:

- Intimidad: supone la comunicación íntima y la preocupación por el otro, la entrega, la disposición a conocer y dejarse conocer, compartir emociones y sentimientos;

- Pasión: se relaciona con los deseos y las necesidades, y en concreto con la sexualidad, como deseo intenso de unión con el otro. En la fase del enamoramiento la pasión define una etapa de éxtasis y euforia, de arrebato físico, cognitivo y emocional;

- Compromiso: es la decisión consciente de amar a la otra persona y de mantener ese amor a lo largo del tiempo, a través de un proyecto común. Si la pasión puede encender el amor, y la intimidad otorgarle el matiz de romanticismo, es el compromiso lo que permite que, en un momento dado, podamos elegir de forma libre y consciente abrirnos al amor, creando un espacio en nuestra vida para un proyecto común, sea eso formar una familia, tener hijos, o emprender una actividad entre los dos.

Y posiblemente sea cuando esta dosis de realidad se suma al enamoramiento y a la pasión, que la pareja comienza a desplegar su potencial como fuente de crecimiento y de auto-conocimiento.

Mientras estoy flotando en el enamoramiento, no estoy viendo a mi pareja, sino a un ideal de pareja perfecta, que encaja en el mejor de los guiones románticos. Con el tiempo, mi pareja empieza a salir de la burbuja donde la tenía confinada, y entonces empiezo a verla. Y sorprendentemente, no se parece especialmente al perfecto protagonista de la película, y además, empieza a generarme cierto malestar.

Es justo en aquel momento cuando se abren las puertas al espacio de crecimiento. ¿Cómo ocurre esto? El ser humano, tan humano como yo, que tengo en frente, tiene un papel tan importante como incómodo para mí: me hace de espejo, mostrándome y tocando con puntería todas y cada una de mis heridas. A través de la intimidad y de la cercanía que han ido creando poco a poco este vínculo especial, mi pareja tiene acceso a las partes más internas de mi esencia. Desde allí, puede despertar mis miedos más antiguos, puede hacerme sentir insegura, me puede enfadar profundamente. Y aquí está la clave: lo que mi pareja me está mostrando es mi propia inseguridad, está despertando enfados más antiguos, que no tienen que ver con él. Puedo verme reflejada en la mirada de mi pareja. Y desde allí, tengo dos opciones: reconocer mi parte y hacerme cargo de ella, o volcar sobre mi pareja toda la responsabilidad por lo que me está pasando. Puedo empezar a investigar cuáles son esas teclas mías que hacen que cada vez que mi pareja hace, o no hace, algo, me sienta tan tremendamente enfadada, o emplear toda mi energía para agredirle.

En el primer caso puedo parar, respirar hondo, y aprovechar la oportunidad de crecimiento. En el segundo en cambio coloco fuera de mí el detonador de lo que me ocurre, reacciono automáticamente, repitiendo quizás escenas bien conocidas.

Ambas opciones están igualmente disponibles, y es la elección de una en lugar de la otra lo que determina la posibilidad de un camino un poco más consciente hacia mi crecimiento, y el rumbo de mi relación de pareja. Es posible que, si cada uno de los dos miembros de la pareja está abierto y dispuesto, ante los conflictos y las dificultades, a responsabilizarse de lo que le corresponde, la relación crezca sobre una base auténtica y me permita sentirme mejor tanto con el otro como conmigo mismo. Al mismo tiempo, me estoy entrenando para distinguir lo que no tiene que ver conmigo, sino con el otro. Si mi pareja me enfada, si lo que hace o dice no me está tocando teclas y despertando heridas, sino directamente no me gusta, al poderlo reconocer lo expreso desde otro lugar, y el guion cambia. Y desde allí puedo ir ocupando un espacio cada vez más sano, donde el otro ya no es ni la pareja ideal ni mi peor enemigo, sino el ser humano, con todas sus virtudes y defectos, con el cual cada día vuelvo a elegir compartir con consciencia un nuevo trozo de camino.

Te deseo que aproveches cada nueva oportunidad de crecimiento desde el amor.

Greta Campo, Terapeuta Gestalt

Publicado en 'ENERGÍA VITAL', Número 4, Abril-Junio 2014

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